"Cuentan que un día, agotado por la recuperación y quizás pensando en defensas y
porteros, Ronaldo dijo: alguien tendrá que pagar por tanto esfuerzo".
El éxito prematuro y la codicia de quienes le dieron el primer empujón, sesgaron la carrera de Ronaldo en 1998. Tenía 21 años. La víspera de la final de la Copa del Mundo se tiñó de fatalidad. La presión de un país entero, Brasil, y el peso de la excesiva responsabilidad que le impusieron desde el comienzo, tumbaron al joven futbolista, le dejaron en el suelo, contraído por los espasmos, inconsciente, vomitando saliva, espumarajos. Ronaldo no ¿jugó? aquella final, su camiseta la vistió un muerto viviente, drogado y malherido, que deambuló por aquel pedazo de Francia, Saint-Denis.
Nunca volvió a ser el insolente delantero que redibujó el horizonte futbolístico de lo posible ataviado con la zamarra blaugrana, que arrollaba a sus rivales con la potencia de un búfalo en estampida. Poco tiempo después El Fenómeno, como así lo llamaron, recibió la maldita factura de aquel 12 de julio: lesión de gravedad en la rodilla derecha y rotura del tendón rotuliano de la misma pierna. Más de 30 meses fuera de combate. Lo dieron por muerto, como en Saint-Denis. Y resucitó. Se reinventó así mismo. Menos rápido, más técnico. Aprendió a vivir más cerca del área, a dosificar esfuerzos, a levantar la cabeza. Agrandó el abanico de recursos. Ganó la Copa del Mundo y se burló del pasado. Otra vez era el número 1. Consiguió lo que se propuso. No más.

Cuando se sintió de nuevo en lo más alto, se convirtió en comedor compulsivo de caviar ucraniano, amante del J&B/Coca-Cola y coleccionista de amores fugaces. El fútbol descendió varios peldaños en su escala de prioridades. La carencia de voluntad y de motivaciones carcomieron el maltrecho esqueleto del brasileño. En 2008, casi 10 años después de su primera muerte, Ronaldo volvió a partirse. Esta vez se quebró el tendón rotuliano de la rodilla izquierda. Dijeron que se retiraba. Él mismo se mostró delante de todos abatido y derrotado, más gordo que nunca, debajo de una camiseta oscura adornada con una siniestra calavera, como si quisiera gastar una broma macabra, expresar un simbólico adiós que el destino ha reducido a la categoría de anécdota. Los hechos han bosquejado a Ronaldo como el "Toro Salvaje" del balón.


Lo del brasileño sólo se explica fuera de lo explicable, en el destino, ese rincón donde no alcanza la realidad. Ronaldo Luis Nazário de Lima vino al mundo para hacer historia. De una manera o de otra. Haciendo goles imposibles, desgarrando las ilusiones de los aficionados del Barça, del Inter y del Flamengo. O resucitando por tercera vez, como acaba de hacer. Lo ha hecho en el momento y en el lugar menos esperado: cerca de los 32 años, en el Corinthians (rival del Flamengo, del que se declara hincha). El límite de Ronaldo es Ronaldo, nada más. En los últimos tiempos revolucionado el equipo con un ramillete de goles y lo ha metido en la final del campeoanto paulista. Antes alzó la Copa del Mundo en América, la rozó en Europa y volvió a conquistarla en Asia. En 2010 Ronaldo tiene cita con África. Y un par de cicatrices para volver a ser el mejor. El que fue.






















