Por Jurdan Arretxe“Mientras el Coliseo permanezca en pie, Roma permanecerá en pie.
Cuando el Coliseo caiga, Roma caerá.
Y cuando Roma caiga, el mundo caerá también”,
Lord Byron (1818).

El Imperio Romano no estaba planeado. Tampoco se extendió hasta el Muro de Adriano fruto de una simple y azarosa correría nocturna. La Galia de Domenech, la Germania de Löw, la Hispania de Del Bosque y, finalmente, Britannia –Fabio, jamás cruces los Alpes de vuelta- cayeron bajo el SPQR. Un día, como de repente, inauguraron el Anfiteatro Flavio, el Bernabéu para los cristiano ronaldos de la época. Cristianos y otras carnes probaron el filo de espadas y dientes de león. Naumaquias en la arena antes de salir a batallar lejos de casa; después de conquistar el reino nabateo. Eran, ellos no lo sabían, sí lo sentían, italianos.
Garibaldi no nació italiano, nació piamontés. Se alistó, casi un par de miles de años más tarde, en las filas de Bento Gonçalves. Luchar contra el imperio brasileño en la Revolución Farroupilha para proclamar la República Riograndense. Volvió a la península Itálica y la República Romana que impulsó fracasó. Huyó con su mujer, Anita, y un puñado de soldados amigos. Huyendo de enemigos hispanos y galos para los que dieciocho siglos no habían sido suficientes y napolitanos –esa ciudad que se vendió a un argentino que se creyó hijo de Dios-. Garibaldi, héroe de dos mundos, miembro de la Asamblea Nacional francesa y amigo de Abraham Lincoln, tras volver y vencer, murió italiano.
Trajano echó el cerrojo de las fronteras del Imperio y Garibaldi, bajo los Alpes que cruzó Aníbal en elefante, unió Italia y se la dio a Víctor Manuel. Entre los dos la consolidaron. Como Pozzo y Valcareggi bajo el azzurro de la familia Saboya. Inzaghi o Maldini, Meazza o Buffon, Zoff o Baggio. Porque las guerras no se ganan solo con murallas.
Pero sin una gran muralla que guarezca, proteja, recoja y cierre el imperio, tampoco se gana la guerra. Italia es una cadena, un solo plano-secuencia del neorrealismo de Rossellini, Visconti, Fellini o De Sica –menuda defensa- rodado en algún derredor de Cinecittà. Porque desde que nacemos hasta que morimos, probablemente antes y después, hay algo más osado, mucho más atrevido que el atacar al rival a tumba abierta: defender desde el primer minuto ese gol que no llegará hasta el 73’. En el 89' duele mucho más, pero el resultado es el mismo. El 1-0. Porque como en 2006, Italia no va a ganar el Mundial. Tampoco sorprenderá que se lo lleve.