Descargado de cualquier presión, el Villarreal B se pasea por Segunda dejando huella allá por donde pisa. En una categoría en la que prevalece la solidez defensiva y el sálvese quien pueda en ataque, su fútbol preciosista es un grito rebelde, un brindis por el balón raso. Donde priman las urgencias y la precipitación, el conjunto filial castellonense impone un fútbol combinativo, lleno de cordura, del que se desconocen sus límites. En caso de haber podido optar al ascenso, su propuesta se habría cargado, probablemente, de una necesaria dosis de pragmatismo que no se sabe si habría sido capaz de soportar.
El Villarreal B es desobediente desde su origen. Ni siquiera sigue la pauta marcada por el primer equipo que, por ejemplo, siempre juega con dos delanteros. En el último tramo de la temporada lo hizo incluso con tres. El filial, sin embargo, juega con un solo ariete y con dos jugadores pegados a la cal. Prefiere sumar futbolistas en la sala de máquinas, la medular, desde donde asume el mando de los partidos, independientemente del rival que tenga frente. Lo cierto es que equipos que lograrán el ascenso a Primera han sido ampliamente dominados por el filial castellonense, al que en numerosas citas le ha condenado su punto más débil, la retaguardia.
Matilla, Jefferson Montero, Mussacchio o Marco Ruben son los jugadores clave de este equipo. Su calidad exige que la próxima temporada sean futbolistas de Primera. Ya sea en el Villarreal o en otro equipo en calidad de cedidos. La Segunda se les queda bien pequeña. A otros, como Hernán Pérez, se les suponía un impacto mayor, aunque su talento está fuera de cualquier duda. Habrá que ver en qué queda este equipo, del que muchos futbolistas emigrarán este verano. En cualquier caso, han demostrado ya su valía en una categoría poco acostumbrada a su desparpajo.
El Villarreal B es desobediente desde su origen. Ni siquiera sigue la pauta marcada por el primer equipo que, por ejemplo, siempre juega con dos delanteros. En el último tramo de la temporada lo hizo incluso con tres. El filial, sin embargo, juega con un solo ariete y con dos jugadores pegados a la cal. Prefiere sumar futbolistas en la sala de máquinas, la medular, desde donde asume el mando de los partidos, independientemente del rival que tenga frente. Lo cierto es que equipos que lograrán el ascenso a Primera han sido ampliamente dominados por el filial castellonense, al que en numerosas citas le ha condenado su punto más débil, la retaguardia.
Matilla, Jefferson Montero, Mussacchio o Marco Ruben son los jugadores clave de este equipo. Su calidad exige que la próxima temporada sean futbolistas de Primera. Ya sea en el Villarreal o en otro equipo en calidad de cedidos. La Segunda se les queda bien pequeña. A otros, como Hernán Pérez, se les suponía un impacto mayor, aunque su talento está fuera de cualquier duda. Habrá que ver en qué queda este equipo, del que muchos futbolistas emigrarán este verano. En cualquier caso, han demostrado ya su valía en una categoría poco acostumbrada a su desparpajo.





